Al final ves que nada es permanente, que la gente viene y va. Te das cuenta que el mundo sigue girando, mientras tu estas de pie parada, entre una multitud de gente que sigue el ritmo frenético de la ciudad. Intentando entender que es lo que mueve al mundo, al menos el tuyo.
Un hombre choca contigo y se aleja farfullando mientras tu te disculpas. Dejando una pequeña muestra de la falta de civismo que se ha apoderado de este mundo egoísta. Como si no fuera ya lo suficientemente complicado plantearte tu existencia en medio de esta marabunta. Mientras pasa todo a cámara lenta observas a cientos de personas pasar en todas direcciones, apresuradas. Parejas que no se miran, que no se tocan. Ejecutivos de altos cargos con el teléfono en mano. Madres corriendo para llevar a sus hijos. Mucho estrés, pocas sonrisas.
¿Y tú? Tú allí, de pie. Sin tener muy claro a donde ir, pero teniendo la certeza de que no quieres ser uno más de todo este entramado de prisas y ruidos. Quizás no de la mejor manera, quizás no por el camino más fácil. Pero sí por uno diferente.
De repente algo interrumpe tus pensamientos. Un cosquilleo en tu mano, otra mano que te atrapa haciéndote sentir libre. Libre de las prisas. De los miedos. De esta corriente que te arrastra. Y sin saber muy bien hacia donde, te pones en movimiento. A contracorriente. Con la certeza de haberte encontrado entre el caos que te rodeaba. Y también, por qué negarlo, con el miedo de algún día volverte a perder.