Adoraban aquellas tardes que pasaban juntas. Eran increíbles. Simples pero inigualables, todas y cada una de ellas eran diferentes aunque no hiciesen nada especial, pero estaban juntas. Como siempre. Para siempre.
En esta ocasión, tocaba tarde de vicios. Unas partidas a la Play Station 2 y mucha, mucha, porquería para merendar. Recuerdo que estabas comiéndote el último Phoskito cuando paraste en seco. "Esto engorda". Te levantaste y saliste corriendo al baño.
Corrí tras de ti pero no llegué a tiempo, me tope con la puerta cerrada de nuestro ridículo cuarto de baño y me rompí en pedazos mientras escuchaba como se iba por el retrete todo el esfuerzo que habíamos conseguido en los últimos meses. Escuché el sonido de una promesa al romperse, a pesar de que los fuertes latidos de mi corazón casi me impedían escuchar cualquier otra cosa.
Volví a la habitación, destrozada. Me senté en mi cama y comencé a llorar como nunca antes lo había hecho. Y así fue como me encontraste cuando regresaste. Me preguntaste confundida que que me pasaba y todo lo que fui capaz de responder fue un "me lo prometiste". Desde ese día, no he dejado de tener miedo. Miedo a perderte, miedo a pensar que en cualquier momento puedes volver a romper la promesa más importante que me han hecho nunca.
Desde ese día siento que de poco valía lo que hacía, que en cualquier momento alguien podía tirar por tierra todos mis intentos por mantenerte en pie. Jamás sentí tanta impotencia. Lloré cada una de las veces que volviste a romperla y otras tantas por miedo, por impotencia, por no saber como ayudarte.. Pedí tantas veces por esto, por poderme cambiar y ser yo la que estuviera en tu lugar. Pero nadie me escuchó. Y, si te soy sincera, aún tengo miedo..
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